Los chilames, miembros de la clase sacerdotal, fueron durante el Posclasico tardío parte fundamental de la sociedad maya. Encargados de guardar y reproducir el conocimiento en los textos sagrados mayas fueron también durante las primeras décadas del dominio colonial quienes encabezaron movimientos de resistencia en contra de las huestes españolas y sus aliados indígenas. 

El Diccionario Calepino de Motul, compilado por fray Antonio de Ciudad Real a finales del siglo XVI o principios del XVII, asienta en una de sus entradas que la palabra “chiilan” significaba intérprete, una traducción bastante precisa de la labor que estos personajes desempeñaron en la sociedad maya del Posclásico tardío Los chilames pertenecían a las esferas más elevadas de la estructura social maya; su prestigio, como el del resto de los sacerdotes de entonces, estaba dado no tanto por el dominio de las fuerzas naturales como por el conocimiento esotérico. A este conocimiento accedían mediante una prolongada preparación en dónde aprendían a escribir y leer los libros mayas en donde se resguardaba y transmitía el conocimiento religioso de más de un milenio de continuidad. Como otros integrantes de la clase sacerdotal, los chilames eran capaces de entender varios idiomas, entre ellos el maya clásico – un idioma de filiación cholana –, maya yucateco e incluso náhuatl, además de estar formados en el cálculo e interpretación de los ciclos calendáricos y el movimiento de los astros. Debido a que los libros jeroglíficos eran los vehículos a partir de los cuales se registraba y transmitía el conocimiento religioso, los chilames también se preocuparon por guardar, copiar, y escribir nuevos libros.

Estos interpretes tenían un papel fundamental en los rituales que organizaban la vida de las ciudades y los pueblos mayas. El chilam, de acuerdo al día y mes en que hubieran nacido, imponía el nombre a niñas y niños consultando el calendario de 260 días. También, cada veinte años, consultando los detallados registros históricos escritos por generaciones de sacerdotes, vaticinaban cómo podría ser el nuevo katun que comenzaba.

Foja del Chilam Balam de Ixil (Fuente: INAH).

Su labor religiosa se vio interrumpida con el establecimiento del régimen colonial y la instauración del catolicismo. La religión maya fue prohibida y los religiosos europeos trabajaron activamente para erradicarla a través de la destrucción de la escritura y la literatura religiosa tradicional. No fue extraño entonces que los chilames, viendo sus creencias y posición amenazada, fueran uno de los principales actores en las primeras resistencias y rebeliones en contra de los colonizadores españoles. En 1545 Chilam Abnal lideró la rebelión que involucró a las antiguas jurisdicciones del oeste de la Península desde Chauac-há hasta Chactemal para expulsar a los españoles; probablemente fue él quien eligió el día del levantamiento coordinado en toda la región. Veinte años después de estos eventos otro chilam de apellido Couoh, encabezó una nueva rebelión en el área cercana a la villa de Bacalar cuyo objetivo también era expulsar a los colonizadores.

 

A pesar de que una cantidad incalculable de libros y textos escritos en jeroglíficos mayas fueron destruidos por las autoridades coloniales parte de este antiguo conocimiento se salvó cuando los herederos de los chilames y ahkines, convertidos en escríbanos de las recién fundadas repúblicas de indios, copiaron esos textos en alfabeto latino. Los que conocemos hoy como Libros del Chilam Balam, a la usanza de la larga tradición escrituraria maya, fueron elaboraciones originales de la época colonial cuyos escribas incorporaron parte del conocimiento europeo (el calendario y el zodiaco). Aunque la escritura y los libros jeroglíficos fueron destruidos, los herederos de los chilames lograron adaptar el conocimiento milenario maya y plasmarlo en diferentes obras que sobrevivieron hasta nuestros días.

 

REFERENCIAS

  • Coronado, Marta Ilia Nájera. «Rituales y hombres religiosos». En Religión maya, vol. 2. Trotta, 2002: 115-38.
  • Garza, Mercedes de la. Literatura maya. Biblioteca Ayacucho, 1980.
  • Lacadena-García Gallo, Alfonso. «Religión y escritura». En Religión maya, vol. 2. Trotta, 2002: 171-194.
  • Real, Antonio de Ciudad, y René Acuña. Calepino maya de Motul. Plaza y Valdes, 2001.

Para Alfredo y Gregorio, aj kanu’ulo’ob contemporáneos

Chilam Couoh fue un intérprete maya que a mediados del siglo XVI encabezó una rebelión en la que alguna vez fue la provincia de Chactemal. Entre otras cosas, reunió los códices jeroglíficos de la zona y creó una biblioteca para resguardarlos del fuego colonial.

Una de las primeras acciones de los frailes españoles para impulsar la conversión religiosa de los mayas al catolicismo fue formar maestros y mozos de escuela que pudieran colaborar con las tareas de la evangelización cristiana. Esta labor comenzó casi desde que los religiosos pusieron un pie en el Mayab y se implementó con mayor energía después de 1542, aunque las iglesias de los pueblos reducidos no se habían terminado de construir los franciscanos ya iban a las casas de los mayas principales para enseñarles la doctrina cristiana a sus hijos. Fue con los franciscanos establecidos en el noroeste de la Península con quienes Chilam Couoh, de quién desconocemos su origen, aprendió a leer y escribir con el alfabeto latino.

En la imágen se puede ver la representación más antigua de un chilam (deletreado chi-ji la-ma) en una corte real del clásico maya. Corresponde a la vasija K1728.

En la época prehispánica y durante parte de la época colonial los sacerdotes, profeta e intérpretes mayas eran sumamente respetados por el resto de la población: eran el vínculo con lo sagrado, vaticinaban los augurios, conocían las historias más antiguas y eran capaces de escribir y leer los caracteres de uno de los sistemas de escritura más complejos de Mesoamérica. Tomás López llegó a asegurar en una Relación en 1612 que estos sacerdotes eran considerados “la gente más religiosa, sabia y educada” de la región. El fraile Antonio de Ciudad Real escribió que los mayas de Yucatán eran reconocidos en toda la Nueva España por tres cosas, entre ellas que podían escribir sus “historias” y “ceremonias” con “caracteres” y “letras”. Escribir, leer e interpretar los libros mayas eran tarea casi exclusiva de chilames y ajk’ines, cargos que pasaban de una generación a otra cuando los padres enseñaban a sus hijos desde que eran niños.

A pesar de recibir la educación cristiana impartida por los religiosos, cuando los mayas regresaban a sus pueblos los caciques y principales les exigían que continuaran participando en los ritos y ceremonias de la religión maya tradicional. Al ser parte fundamental de estas actividades es entendible que buscaran preservar los códices jeroglíficos y todos los conocimientos allí escritos, bien de manera física o transcribiéndolos con el alfabeto latino.

Los códices mayas fueron objeto de persecución de las autoridades coloniales poco tiempo después de que los españoles se asentaran en el noroeste de la Península, a mediados del siglo XVI. El Auto de Fe de Maní de 1562, en donde fray Diego de Landa ordenó destruir códices y estatuillas de las deidades mayas, fue sólo el inicio de una persecución implacable para acabar con los libros jeroglíficos, vistos con recelo y hostilidad por los frailes ya que en ellos se resguardaban los detalles de la religión tradicional indígena. Es así como a finales de 1567, Chilam Couoh renunciando a la formación que recibió con los franciscanos, comenzó a reunir códices mayas jeroglíficos y conformó una biblioteca. La existencia de estos repositorios no era extraña en la región. Mayapán, la última gran capital maya de las Tierras Bajas del Norte, llegó a convertirse en un lugar en donde se producían y distribuían códices que eran usados por los sacerdotes de otras ciudades. En Tixhualahtún, cerca de Saki’ (Valladolid), existía un lugar donde se resguardaban libros jeroglíficos “como en España es el [archivo] de Simancas” según el cronista franciscano Diego López de Cogolludo.

La labor de Chilam Couoh fortaleció la resistencia que los mayas de Chactemal habían plantado a los invasores hispanos desde su llegada a la zona, la cuál había sufrido la brutal violencia de la guerra de conquista durante la incursión de Melchor Pacheco y sus huestes apenas dos décadas antes, una incursión caracterizada por el cruel asesinato de mujeres, niños y ancianos para reducir a los mayas de la provincia a la servidumbre. El chilam y sus seguidores, la mayoría de ellos mayas que habían renunciado al cristianismo comenzaron a asaltar los pueblos de los alrededores de la villa de españoles de Bacalar. Usando los conocimientos adquiridos con los frailes, Chilam Couoh escribió diferentes cartas a otros jefes mayas para que también se alzaran en armas. Esto provocó que las autoridades coloniales organizaran una expedición militar en 1568. Casi un año después de recorrer los montes del sureste del Mayab plagados de lagunas y riachuelos, la expedición se encontró con un templo en dónde se resguardaban muchos de los códices que habían sido reunidos por Couoh y donde también se encontraban diferentes estatuillas. A la manera como unos años antes había hecho Diego de Landa, los expedicionarios españoles destruyeron las figurillas y quemaron los códices jeroglíficos en una gran hoguera. El chilam fue capturado por la expedición militar tres días después de este acto y aunque intentaron hacer que regresara de nuevo a la fe católica Couoh se mantuvo en la creencia que la escritura jeroglífica y la religión tradicional maya eran superiores a la escritura latina y a la religión cristiana.

Bajo el resguardo de las huestes hispanas el chilam fue enviado a Jo’ (Mérida) para ser enjuiciado por el entonces obispo de Yucatán, fray Francisco de Toral. No sabemos el destino que el intérprete tuvo posteriormente, pero sus acciones para proteger el legado milenario de los mayas resuenan hasta nuestros días. 

REFERENCIAS

  • Ciudad Ruiz, Andrés y Lacadena, Alfonso. “El Códice Tro-cortesiano de Madrid en el contexto de la tradición escrita maya” en Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala¸1998 (editado por J. P. Laporte y H. L. Escobedo), Guatemala: MNAE, 1999.
  • Cunill, Caroline, “La alfabetización de los mayas yucatecos y sus consecuencias sociales, 1545-1580”, Estudios de Cultura Maya 31 (2008).
  • Chuchiak, John F. “Writing as resistance: maya graphic pluralism and indigenous elite strategies for survival in Colonial Yucatan, 1550-1750”, Etnohistory 57:1 (2010).