El mito del “conquistador blanco”, aquel que dice que un puñado de conquistadores europeos bastó para avasallar a los millones de integrantes de las sociedades indígenas de América, se ha cimentado en la omisión y el olvido de la participación de miles de indígenas americanos en las empresas de colonización e invasión de diversos territorios. La tercera entrada de Montejo a Yucatán, efectuada entre 1540 y 1542, hubiera sido bastante diferente de no haber contado con miles de esclavos, sirvientes y guerreros indígenas, quienes fueron clave para que la incursión dirigida por Francisco de Montejo “el Mozo” pudiera culminar en enero de 1542 con la fundación de la ciudad de Mérida. Pese a ello, se ha hablado poco de su participación. En la extensa obra del historiador Robert S. Chamberlain, Conquista y colonización de Yucatán, publicada en español en 1982, apenas se les menciona, refrendando la idea errónea de que fue el puñado de ibéricos quienes con su genio y determinación fueron los únicos artífices de la empresa.
¿De qué lugares venían los guerreros indígenas que participaron en la hueste indiana de los Montejo? ¿Qué papel tuvieron exactamente en esta entrada?
Detalle del “Círculo de Tepanecayotl”, donde se representa a los tlahtocayotl subordinados al señor de Azcapotzalco en su época de mayor poderío en la época precolonial (Fuente: Historia de Azcapotzalco, FB).
Guerreros nahuas a Centroamérica y Yucatán
El contingente de mayor importancia numérica en el tercer intento efectuado por los Montejo para invadir y colonizar Yucatán, estuvo conformado por guerreros nahuas del centro de México. Habían sido reclutados en los antiguos altépetl de Azcapotzalco y Xochimilco; ambos, en algún momento de la entonces breve historia del dominio colonial, habían sido encomiendas de Francisco de Montejo “el Viejo”. Un contingente de quinientos guerreros de Azcapotzalco había integrado ya la hueste de Montejo cuando se dirigió a las Hibueras (actual Honduras) en 1537. En esta región de Centroamérica, los aliados nahuas de Montejo se negaron a secundar el alzamiento del cacique lenca Lempira y participaron en aplastar la resistencia de los indígenas hondureños. Esta experiencia de guerra y colonización sirvió a Montejo para darse cuenta de la importancia de los indígenas como sirvientes y combatientes para que cualquier empresa de los hispanos pudiera llegar a buen puerto; también fortaleció la confianza en los azcapotzalcas como auxiliares armados en sus empresas. Al terminar su incursión en Honduras, Montejo viajó a la Nueva España, en donde en 1539 pudo brevemente hacerse de la encomienda de Xochimilco por un tiempo suficiente, como para poder también extraer de allí recursos humanos para la guerra en Yucatán. Finalmente, a finales de 1540, llegaron a la Península de Yucatán, refuerzos compuestos por guerreros de los altépetl de Huejotzingo y Texcoco, aunque el mayor contingente de guerreros continuó siendo de Azcapotzalco.
Guerreros mayas de los ríos y lagunas
Xicalango fue, entre finales del siglo XV y principios del XVI, la capital de uno de los tres señoríos chontales que dominaban la región de los ríos y lagunas del actual Tabasco y el sur de Campeche. Desde el Preclásico había adquirido importancia como un enclave comercial que permitía el dominio de las rutas fluviales de comercio. Cuando los españoles llegaron a la zona no tardaron en darse cuenta que Xicalango, por su ubicación y sus recursos, podía ser uno de los enclaves desde el cual emprender la guerra de conquista de Yucatán. En este asentamiento, Francisco de Montejo “el Mozo” reunió por años los recursos necesarios para avanzar sobre el Mayab. Aunque la mayor parte de los indígenas del señorío fueron empleados por los españoles como sirvientes y porteadores, un pequeño grupo de Xicalancas, después de que Montejo el Mozo insistiera, fue incorporado a la hueste que se dirigía a invadir el Mayab. Para noviembre de 1540, después de la llegada de Gaspar Pacheco, la hueste de los Montejo (“el Mozo” y “el Sobrino”) estaba integrada por cuatrocientos españoles y tres mil guerreros indígenas, sin contar a miles de esclavos y sirvientes.
Conquistadores indígenas en el Mayab
Una vez iniciada la campaña, en 1540, los indígenas aliados tuvieron un papel de primer orden como guías de la incursión, pues fueron quienes proporcionaron información de las rutas para el traslado de personas y mercancías en canoas, de Xicalango a Champotón y Campeche. Poco antes, los guerreros nahuas de Azcapotzalco habían sido parte del contingente que reforzó a la debilitada guarnición ibérica en Champotón, enclave de avanzada de los españoles en Yucatán. Esta presencia temprana en el Mayab también hizo que fueran de los primeros indígenas conquistadores en participar en combate contra los mayas. El 7 de agosto de 1540, después de haber identificado las fortificaciones mayas que impedían el paso de la expedición, los guerreros nahuas fueron los que integraron la vanguardia que asaltó frontalmente las defensas de Sihochac hasta tomar el pueblo.
En noviembre de 1540, después de fundar la villa de Campeche los invasores se adentraron por el territorio de Ah Canul, con la vanguardia compuesta ahora por un capitán español y el capitán nahua Gonzalo Méndez al mando de 500 auxiliares mexicanos. Junto a otros capitanes como Gaspar de Castro, esta columna fue la que recorrió los pueblos de Hecelchakán, Tenabo y Calkiní. En esta última ciudad, capital del Cuchcabal del mismo nombre, los principales y nobles mayas reunieron el tributo que afirmaba la sujeción a los recién llegados, después de la derrota en Sihochac. Según lo asentado por el escriba de Calkiní, fue Méndez quien llegó primero a la ciudad: “paybe ulci u kekenob yetel u culuaob ti Gonsalo u capitan culuaob lae” (Primeramente llegaron los puercos y los de Culhúa. Gonzalo [Méndez] fue el capitán de estos culhúas).

Los auxiliares indígenas también integraron las cuadrillas de exploradores encargados de buscar alimentos y agua para que los víveres para los expedicionarios estuvieran garantizados. Esta tarea fue desempeñada por Esteban de Olivares y un grupo de guerreros nahuas mandados por Diego Quiyauit, quienes por días se adentraban en los montes de los alrededores buscando maíz, cerdos y pozos. Los aliados indígenas también cumplieron la función de guarnecer los lugares que progresivamente iba ocupando la incursión, su permanencia en estos pueblos fue clave para mantener las líneas de aprovisionamiento de las columnas que tenían como propósito llegar a Jo’. A finales de 1541, en la última fase de la tercera entrada de Montejo, la vanguardia compuesta por nahuas e ibéricos fue la que logró desbaratar la resistencia de Ah Kin Chuy, sacerdote de Peba, quien había convocado a los pueblos cercanos a Chocholá a plantar cara a los invasores. Después de dejar en Chocholá a Juan Sandoval con un grupo de auxiliares indígenas, Hernando Muñoz Zapata y un grupo de guerreros nahuas fue en persecución del Ah Kin, a quien hicieron prisionero sin combatir. Como sabemos, el resultado de esta tercera entrada fue la fundación de la villa y ciudad de españoles de Mérida el 6 de enero de 1542 en el antiguo asentamiento maya de ti Hoo.

 

Los indígenas que participaron en esta última expedición de los Montejo, en especial los que lo hicieron como combatientes, no solo sufrieron en vida el olvido de parte de sus supuestos aliados, quienes los marginaron de los privilegios y honras que les habían prometido como “conquistadores”; ahora, también permanecen en el olvido en los discursos oficiales e historiográficos cuando se conmemora anualmente la fundación de la ciudad de Mérida, lo que fortalece el mito del conquistador blanco y omite la contribución indígena a la ciudad desde su mismo surgimiento.
REFERENCIAS:
  • Chamberlain, Robert Stoner. 1982. Conquista y colonización de Yucatán: 1517-1550. México, D. F.: Porrúa.
  • Chuchiak, John. 2007. «Forgotten allies : the origins and roles of native Mesoamerican auxiliaries and indios conquistadores in the Conquest of Yucatan, 1526-1550». En Indian Conquistadors: Indigenous Allies in the Conquest of Mesoamerica. Oklahoma: University of Oklahoma Press.
  • Restall, Matthew. 2004. Seven Myths of the Spanish Conquest. Oxford: Oxford University Press.
  • Vargas Pacheco, Ernesto. 2001. Itzamkanac y Acalan. Tiempos de crisis anticipando el futuro. México, D.F: IIA-UNAM. http://www.iia.unam.mx/publicaciones/detalles.php?clave=242

CÓMO CITAR ESTE TEXTO: José A. Koyoc Kú, “Los conquistadores indígenas de Yucatán”, Maya K’ajlay, 11 de enero de 2020 (http://www.kajlay.org/los-conquistadores-indigenas-de-yucatan/).  

Por Martín Sobrino Gómez

Introducción

Gracias al avance de la epigrafía es posible saber hoy en día que los gobernantes mayas del Clásico adquirían un nombre nuevo al momento de su ascensión al trono. De acuerdo con Nikolai Grube (2011: 72) es probable que el cambio de nombre fuera, durante el Clásico, efectivamente uno de los elementos de las ceremonias que formaban parte de la entronización. En el Posclásico, aunque eran estructuralmente diferentes, los nombres se siguieron cambiando; así se registra que entre los yucatecos se tenía un nombre de infancia el cual iba cambiando conforme su edad y otros factores involucrados (Barrera Vásquez 2009). Este escrito se centra en una expresión que se encuentra en el Tablero de El Palacio, en Palenque, Chiapas que se refiere a un tipo de cambio de nombre, expresión que, junto con otras relativas al cambio de nombre, pudo haber formado parte de un lenguaje especializado o estilo específico, en este caso el ceremonial.

 

El Tablero de El Palacio

De acuerdo con Schele y Mathews (1993: 125) la escena de el Tablero (ilustración 1) representa al rey K’an Hok’ Chitam en su entronización; sentado enfrente de su padre y de su madre, quienes sostienen el casco y el escudo de pedernal ceremoniales respectivamente. Sin embargo, el texto que se encuentra dentro la escena (no el texto principal) se refiere a un señor subordinado que gobernó en lugar de K’an Hok’ Chitam durante el tiempo de su captura en Toniná (Schele y Mathews 1993: 125). En ese texto se narra el nacimiento y cambio de nombre de este personaje que Schele y Mathews (1993: 127) llamaron Ox Yohun. Para nuestros fines, este nombre será útil al análisis.

            El glifo referente al nacimiento de Ox Yohun se ubica en D4 y la referencia sobre su entronización se encuentra en C4 y C5 donde leemos /K’AL-la-ja/ /K’ABA’/ y que transcribimos k’alaj k’aba’ ‘fue amarrado el nombre’ y, posteriormente en C6, el nombre Ox Yohun. En D1 y E1 encontramos /PAT-wa-ni/ /u-K’UH-K’aba’/, es decir, patwaan u k’uh(ul) k’aba’.

 

Figura 1. Tablero de El Palacio, Palenque, Chiapas. Dibujo de Robertson (1985)

 

La expresión patwaan k’aba’

La expresión representada en los bloques D1 y E1 puede traducirse literalmente como ‘está formado’ o ‘está hecho el nombre de…’. En este caso el verbo PAT, que comúnmente se encuentra como verbo transitivo, parece tener un sufijo de participio para verbos posicionales. Es muy interesante el glifo en F1 se refiere a un título: ‘El rey de los nueve (algo)’. Notamos que otra vez “cambió” el nombre, aunque lo que el soberano adquiere no parece ser un nombre propio sino, como ya mencionamos, un título. Es probable entonces que la expresión patwaan u k’uh k’aba’ se utilice específicamente para los nombres de títulos, y es posible que para cualquier otra designación que pueda entenderse como “sobrenombre”.

            En esta situación, el verbo pat junto con el sustantivo k’aba’ deben de estar componiendo una expresión idiomática, por lo que no conviene buscar una traducción literal sino una más libre pero que refleje adecuadamente su referente. La evidencia para sostener esta hipótesis se encuentra en el uso de esta misma expresión tanto en el maya yucateco colonial como en el moderno. Para el maya colonial y del siglo XIX encontramos en el Diccionario Cordemex:

 

PAT    1, 2, 4-8 11: motejar   1,2, 5,6, 8, 9, 11: apodar 1: u patahen ti’ pek’il, ti’ ko’il: apodóme de perro, motejóme de loco; pat k’aba’: poner por nombre a cualquier cosa; pate’ex u k’aba’: ponedle nombre; Juan in patki u k’aba’: Juan le puse por nombre. 2-6 u patahen ti’ pek’il: me apodó o motejó de perro (Barrera Vásquez 1980: 633).

 

Es notable que en el yucateco colonial esta expresión se encuentre siendo utilizada con nombres propios, aunque en el ejemplo presentado se trata de un nombre español. En el maya yucateco moderno se encuentra también la expresión pat k’aaba’ con los significados de ‘apodar, apodo, mote, sobrenombre’ (Martínez Huchim 2007: 212). De hecho la forma más común para expresar en yucateco que se tiene un apodo es pata’an in k’aaba’ ‘mi apodo es, me apodan’.

            Las expresiones que en este Tablero se refieren al cambio de nombres propios son k’alaj k’aba’ ‘fue amarrado el nombre’, en este mismo texto, y u k’alhu’n k’uh k’aba’ ‘el amarró su tocado real y el nombre divino’ (Grube 2001: 73) en el texto principal. Esta última expresión también la encontramos en otras inscripciones de Palenque (Schele y Mathews 1993).

 

Comentarios finales

Con lo anteriormente expuesto, podemos sugerir que en el discurso ceremonial del cholano Clásico se tenían al menos dos tipos de expresión relativas al cambio de nombre utilizadas en el contexto de la entronización de un gobernante: una que se utilizaba con los nombres propios y otra con los títulos. No obstante, hará falta indagar en más inscripciones Clásicas en las que se ubique la expresión pat k’aba’ para examinar los tipos de nombre o título que se encuentren formando la oración entera.

 

Bibliografía

 

Barrera Vásquez, Alfredo

2009 “Los mayas iban teniendo nombres diferentes según su edad, estado y oficio”. En Bojórquez, Carlos (Recop.) ¿Lo ignoraba usted? Biblioteca Básica de Yucatán, Gobierno del Estado de Yucatán.

 

Barrera Vásquez, Alfredo (Dir.)

1980 Diccionario Maya Cordemex, Presentación de Federico Rioseco, Mérida, Yucatán: Ediciones Cordemex.

 

Grube, Nikolai

2001 “Los nombres de los gobernantes mayas.” Arqueología mexicana. Vol. IX. Núm. 50. Editorial Raíces.

 

Martínez Huchim, A.

2007 Diccionario maya de bolsillo. Editorial Dante. Segunda edición.

 

Robertson, Merle Green

1985 The Sculpture of Palenque. 4 Vols. Nueva Jersey. Princeton University Press.

 

Schele, Linda y Peter Mathews

1993 The Proceedings of the Maya Hieroglyphic Workshop: Marzo 13-14. Transcrito y editado por Phil Wanyerka. The University of Texas at Austin. Austin, Texas.

 

Ricardo Manuel Wan Moguel

El Colegio de Michoacán

ricardowanmoguel@colmich.edu.mx

 

En un artículo anterior brindé un panorama general del ferrocarril como instrumento de conquista y dominio. Como ya se expuso, según algunos autores como John Coatsworth, las concesiones otorgadas por el gobierno federal y estatal para la construcción de vías férreas favoreció a los grandes propietarios en detrimento de la gente pobre que recibió poco o nada del “progreso” porfiriano. Además, como sostiene Luz Carregha los trazos de las líneas se hacían pensando en la posibilidad de acceder a diversos recursos naturales y terrenos para la instalación de la infraestructura del ferrocarril.[1] La especulación con las tierras se realizó tanto por las empresas ferroviarias como por particulares, quienes buscaban obtener ganancias a costa de personas con pequeñas propiedades. En esta tesitura, en las siguientes líneas se presentan dos ejemplos para vislumbrar lo anterior. Cabe señalar, sin embargo, que este tema se tiene que analizar con más cautela y profundidad para poder entender la dinámica entre los dueños de las concesiones y la gente común que en muchas ocasiones fue perjudicada por la construcción de los caminos de hierro.

 

La ciudad y la nueva estación

Las primeras estaciones del ferrocarril en Yucatán se encontraban en distintos puntos dentro de la ciudad de Mérida entre ellos: La Mejorada, San Cristóbal, los portales de la pescadería y los terrenos que actualmente ocupan la central de autobuses.[2] No obstante, a finales del siglo XIX y en los albores del XX se planteó un proyecto para agrupar en un solo espacio los cuatro edificios construidos hasta ese momento y así mejorar la logística ferroviaria del Estado. Según un reporte realizado en junio de 1918 por las autoridades de Ferrocarriles Unidos de Yucatán (FUY), solamente en el segundo semestre de 1917 se invirtieron alrededor de $55, 000 y se necesitaban otros $200,000 para terminar el nuevo inmueble. En ese mismo documento se precisa que los directivos de la empresa ferroviaria tenían que llegar a un acuerdo con la Comisión Reguladora del Mercado del Henequén para que le cediera algunos terrenos cercanos al edificio en construcción, ya que era importante para las maniobras de los trenes. A cambio de ello, FUY le otorgaría “facilidades” para instalar sus almacenes cerca de las líneas ferroviarias. Cabe señalar, sin embargo, que la Comisión ya contaba con algunos terrenos cerca de las nuevas instalaciones, al respecto, las mismas autoridades decían:

Es sensible que, por la ubicación de nuestra Central, haya tenido que molestar la Comisión Reguladora, a un gran número de personas pobres o de pequeños recursos que tenían sus propiedades en esas manzanas a fin de adquirirlas; y aun cuando se les indemnizó tan ampliamente como han podido según sabemos, quedando ampliamente pagados el valor de sus pequeñas propiedades, positivamente hubiera sido mucho mejor que no se hubiera tenido que causarles esa molestia… [3]

 

Según se puede entender a través de la cita anterior, la Comisión compró terrenos con antelación en los alrededores de lo que sería la estación para obtener ventajas al momento de comerciar con sus productos. A pesar de que la fuente dice que los pequeños propietarios recibieron una indemnización, sería importante realizar una investigación profunda con respecto al tema para determinar si esto sucedió o no. A juzgar por lo planteado en las primeras líneas de este texto, los beneficios para los pequeños propietarios eran escasos y los grandes empresarios o compañías recibían los mejores dividendos. Incluso, los mismos hacendados se vieron afectados con el tendido de vías, como se explica en el siguiente ejemplo.

 

La negociación entre los Trava Rendón y los directivos de FUY

Durante el porfiriato los hacendados recibieron concesiones por parte de las autoridades ferroviarias y del gobierno estatal para construir tranvías que conectaran sus haciendas con las vías principales del ferrocarril. Los documentos que se emitían para su construcción aportan datos importantes para comprender los problemas que surgían entre los interesados. Uno de esos inconvenientes fue el de José, Víctor y Gabriel Trava Rendón, dueños de la hacienda San Pedro Chacabal. En 1913, las autoridades de FUY les pidieron ratificar una concesión que se les otorgó para construir un tranvía que partía desde su hacienda hasta el kilómetro 57 de la línea a Valladolid. Los hacendados enviaron la documentación solicitada, pero expresaron:

…aprovechándose la oportunidad de esta escritura que debe otorgarse, pedimos se defina de una vez el punto relativo al derecho de vía que la empresa de ferrocarriles ha venido ejercitando en los terrenos comprendidos en el repetido kilómetro 57 a inmediatos a él y pertenecientes á nuestra finca San Pedro Chacabal, terrenos ocupados en una larga extensión y respecto de la ocupación de los cuales la Empresa de los Ferrocarriles carece de título legal.[4]

 

A pesar de que las leyes federales y estatales amparaban a los concesionarios, pues prácticamente les daba el derecho de expropiar o comprar terrenos para cimentar los ferrocarriles, los directivos de la empresa no acordaron con anticipación el uso de las tierras, de los Trava Rendón y parte de las vías férreas se tendieron en sus propiedades. Por ello, los hacendados pidieron que la empresa les hiciera un contrato para que tanto ellos como sus trabajadores pudieran usar los trenes de la división y a cambio, darían el derecho de vía. Los Trava Rendón pidieron realizar un contrato “innominado”, es decir, algo que no estaba estipulado por la ley y que dependía de que las dos partes estuvieran de acuerdo.[5] Si bien estoy consciente de que cada litigio por tierras tiene sus particularidades, situaciones similares se pudieron presentar en otras regiones de la península, sobre todo con los pequeños propietarios. Gilbert Joseph y Allen Wells, por ejemplo, señalan que entre 1880 y 1910, los poblados mayas frustraron en varias ocasiones los intentos de las autoridades yucatecas de limitar, confiscar, censar y parcelar sus ejidos tradicionales en beneficio de los grandes capitalistas, los especuladores inmobiliarios y las compañías ferroviarias.[6] Un estudio como el que realizó Coatsworth para el centro de México, en el que detectó a través de los litigios por tierras que la mayoría de ellos se dieron en un radio cercano a las vías férreas, ayudaría a vislumbrar los problemas que se presentaron en torno a los conflictos territoriales durante el periodo de auge de los caminos de hierro en la península de Yucatán.

 

 

Fuentes:

Archivo General del Estado de Yucatán

Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán

 

Bibliografía:

CARREGHA Lamadrid, Luz. “¡Ahí viene el tren! Construcción de los ferrocarriles en San Luis Potosí durante el porfiriato”, El Centauro, 2014

ROSADO Irabien, Manuel. Historia del ferrocarril en Yucatán. Mérida: Talleres Gráficos Bassó, 1928.

WELLS Allen y Gilbert M. Joseph. Verano de descontento, épocas de trastornos. Élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876-1915. Mérida: Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2011.

[1] Luz Carregha Lamadrid, ¡Ahí viene el tren! Construcción de los ferrocarriles en San Luis Potosí durante el porfiriato, El Centauro, 2014, p. 134

[2] Manuel Irabien Rosado, Historia del ferrocarril en Yucatán. Mérida: Talleres Gráficos Bassó, 1928, pp. 3-20

[3] Archivo General del Estado de Yucatán en adelante, (AGEY), Fondo: Archivo Histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán: Sección: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Asamblea General, Su serie: Actas de Consejo, Expediente 18, Caja: 4.

[4] AGEY, Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán, Sub fondo: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Consejo de administración, subserie: Consejo de administración, Caja: 182, Exp.542.

[5] AGEY, Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán, Sub fondo: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Consejo de administración, Sub serie: correspondencia, Caja 182, Exp. 572.

[6] Allen Wells y Gilbert M. Joseph, verano de descontento, épocas de trastornos. Élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876-1915, Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2011, p. 340.

Diego de Landa relata que fue uno de los Cocom que sobrevivió al alzamiento que acabó con Mayapán en el siglo XIV, quien se asentó en Tibolón con sus “parientes y vasallos” y allí estableció uno de los cuchcabales más poderosos y prestigiosos de las Tierras Bajas del Norte, el cuchcabal de Sotuta.

Los Cocom se opusieron a las huestes hispanas desde sus primeras incursiones al occidente del Mayab. Aunque Nachi Cocom, el halach uinic de Sotuta, acordó después de combatir varios años pagar tributo a la Corona española, otros miembros del linaje siguieron tramando conspiraciones para recuperar su señorío y expulsar a los colonizadores recién establecidos.

A las autoridades españoles les tomó varias décadas acabar con la antigua estructura política maya centrada sobre todo en la figura del halach uinic. Durante mucho tiempo, estos siguieron gozando de gran prestigio y continuaron encabezando los ritos y ceremonias a las antiguas deidades, lo que era visto con particular hostilidad por el clero y los alcaldes españoles. Por ello, en diferentes etapas, el visitador Diego García de Palacios y fray Diego de Landa lanzaron campañas de persecución contra lo que ellos consideraban “idólatras” e “idolatrías”, campañas que cumplían también con el objetivo de menguar el prestigio de la antigua nobleza maya.

Escena de tributo en una vasija maya de la época Clásica (K4996, tomada de Maya Vase Database)

En 1583, durante la visita de Diego García de Palacios a Yucatán, Andrés Cocom, noble originario del pueblo de Sotuta, fue castigado por participar en uno de estos ritos. Enviado como trabajador forzado a las obras de construcción de San Juan de Ulúa, Cocom logró escapar de su destino cuando ya se encontraba a bordo de una fragata que lo llevaría al puerto veracruzano. En 1589, en los alrededores de Campeche, tramó una sublevación; comenzó a anunciar desde un paraje llamado La Desconocida que había visitado al rey de España y que tenía una carta en donde este lo había nombrado rey de la provincia.

Una parte del linaje de los Ek de Tenabo y Tinum comenzó a reunir tributo, consistente en moneda y mercancías, para reconocer el señorío del rey Cocom en tanto se decía que se habían comenzado a reunir armas que eran cuidadosamente guardadas en cuevas. Otros pueblos como Hocabá,  Homún y  Umán ya se encontraban enterados de la conspiración que se tramaba. No obstante, la noticia llegó pronto a oídos de Jorge Canul, alcalde de Tenabo y quién provenía de una familia que para conservar sus privilegios había colaborado con los colonizadores. Su padre Juan Canul había sido uno de los primeros caciques de la región en entregarle tributo a Francisco de Montejo, por lo que había sido nombrado gobernador de Tenabo, cargo que heredó don Jorge. A través de otro de los principales de apellido Ek, se enteró de los preparativos de la sublevación por lo que procedió a interrogar a los implicados en la conspiración. Una vez que pudo reunir información suficiente acudió con el alcalde mayor de Campeche , Francisco Sánchez y Cerdán, famoso por su actividad como “reductor” de “mayas gentiles” en los alrededores de los ranchos y pueblos cercanos a  Champotón. Durante la revisión de dos casas en Tenabo encontraron cacao y cera, productos todos que iban destinados al rey Cocom. Rápidamente las autoridades coloniales dieron con él, desbaratando la conspiración; posteriormente fue ahorcado para dar un ejemplo a todos los demás que quisieran sublevarse.

A pesar de su muerte, la memoria de la conspiración de Andrés Cocom encontró eco en una de las profecías del Chilam Balam de Chumayel y continuó alimentando por mucho tiempo el advenimiento de un mundo más justo para los mayas.

REFERENCIAS

  •  Bracamonte y Sosa, Pedro. La conquista inconclusa de Yucatán: los mayas de las montañas, 1560-1680. CIESAS, 2001.
  • Gunsenheimer, Antje. «La historia de Don Andrés Cocom en los Libros del Chilam Balam». INDIANA 17, n.o 0 (1 de enero de 2001): 269-88.
  • Landa, Diego de. Relación de las cosas de Yucatán. Biblioteca Porrúa, 1986.

Luis Arturo Canché Briceño

Conocí al gran maestro Waldemar Noh Tzec en el mes de noviembre del año 2007, en ese entonces participé en un encuentro de escritores en la ciudad de Calkiní Campeche, su tierra natal. Allá estuvieron personajes como Briceida Cuevas, Feliciano Sánchez, Ramón Iván Suarez Caamal, Fausto Guadarrama (Escritor Mazahua), escritores talentosos que en ese entonces habían ganado un certamen literario, entre ellos, el finado de Isaac Carrillo y el poeta de Xalapa Veracruz Oscar Sobal. A Waldemar lo recuerdo como una gran maestro, escritor y promotor incansable de la literatura, lengua y cultura Maya. Entre algunas de sus publicaciones están los libros: “Noj Bálam” (El Grande Jaguar), dentro de la serie denominada: Letras Mayas Contemporáneas, editado por el Instituto Nacional Indigenista y The Rockefeller Foundation.- México, D.F., 1998, al igual había publicado el libro: “Cecilio Chi’ Yétel Jacinto Kan Ek’ Ti’ K-k’ajlay”/(Cecilio Chi’ y Jacinto Kan Ek’ en nuestra memoria) editado por el H. Ayuntamiento de Calkiní.- Campeche, 2008.

Walder Noh Tzec (Fuente: Enciclopedia de la literatura en México ELEM)

En aquel encuentro que tuvimos en Calkiní me contó cómo surgió uno de sus poemas favoritos, al que le puso por título: Ebrio Colibrí, me decía: “de pronto vi a aquella pequeña ave tratando de atravesar una puerta de cristal, rebotaba y rebotaba hasta que de pronto cayó al suelo y quedó como mareado”; esa era una manera en la que se puede escribir a partir de imágenes o de pasajes de la vida cotidiana. También comentaba que en la lengua maya existen diversas palabras que se pueden crear, sobre todo cuando tenemos que traducirlas del Español, por ejemplo mencionaba que no concebía como se traducía en maya pelota/boola cuando en realidad existe el término “pok” que se podría utilizar, el cual alegaba que era una onomatopeya del sonido del rebote de una pelota con la que jugaban los antiguos. Entre otro de los talentos que podemos mencionar del maestro Waldemar es que impartió diversos talleres de creación literaria. También fungió como tutor y revisor de proyectos en el Fondo Nacional para la cultura y las artes, en la categoría de letras en lenguas indígenas. En el año del 2009, coincidí de nuevo con él en la ciudad de Guadalajara, en esos días estuvimos reunidos en un lugar conocido como el Auspicio Cabañas, junto con otros maestros escritores como Mario Molina Cruz (+) de Oaxaca, Nicolás Huet Bautista, escritor Tsotsil de Chiapas, trabajé bajo la tutela de estos grandes maestros. A este grupo se unieron personajes como la poeta de Oaxaca Miqueas Sanchez, y Marisol Ceh Moo. Las pláticas eran muy agradables, de mucho aprendizaje. Conocimos algunos de los autores y libros predilectos del maestro Waldemar, entre ellos: La Oveja negra de Augusto Monterroso, Fábulas de Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa, Edmundo Valadez, El presidente de Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda. La última vez que tuve la oportunidad de platicar con Waldemar Noh Tzec fue en el año 2017, cuando el Centro Estatal de Bellas artes de Mérida Yucatán organizó un encuentro literario. Recuerdo que me obsequió uno de sus poemas inéditos que lleva por nombre: Adulaciones. Con esto finalizamos estas líneas, no sin antes mencionar que al Maestro Waldemar Noh Tzec siempre lo recordaremos por sus aportes a la literatura en lengua maya, por ser una gran persona, incansable promotor de nuestra lengua y cultura maya. Sus palabras, sus textos, quedan para siempre en nuestros corazones y en nuestra memoria. Les comparto un fragmento del poema citado líneas arriba:

“ Un colibrí vuela en tus cejas, mi monte hermoso; guiños del lucero de la mañana son tus ojos, mi mundo luminoso; mazorcas gemelas son tus pechos turgentes, mi floreciente planta de maíz; muy anhelante estoy por morder la ciruela madura de tus besos, mi ciruelo del estío; muy ganoso estoy por tensar las cuerda de tu cintura, intocada guitarra mía…”

Mérida, Yucatán a 19 de junio del 2020.

 

Luis Antonio Canché Briceño

Tin k’ajóoltaj noj ka’ansaj Waldemar Noh Tzec jump’éel k’iin ti’ u winalil Noviembre tu ja’abil 2007 tu méektankaajil K’alkini’. Ti’ yano’on jump’éel múuchtambal ajts’íibo’ob pa’ate’ yéetel ula’ak’ máako’ob táakpaja’ano’ob, je’ex Briceida Cuevas, Feliciano Sánchez, Ramon Iván Suarez, Fausto Guadarrama( Mazahua ajts’i’ib), bey xan áanimas Isac Carrillo yéetel Oscar Sobal tu kaajil Xalapa Veracruz, le je’elo’oba tu náajalto’ob jump’éel ketlam te’e K’alkino’ u kaajal tu’ux siíij leti’. Le Waldemaro’ nojoch ba’al ichil le ajts’íibo’ob, tu ts’íibtaj je’ejeláasil pikil ju’uno’ob je’ex: “Noj Bálam” (El Grande Jaguar), ichil le meyaj u k’aabae’ Letras Mayas Contemporáneas, le je’ela’ beeta’an tumen Instituto Nacional Indigenista yéetel The Rockefeller Foundation.- México, D.F., 1998, bey xan “Cecilio Chi’ Yétel Jacinto Kan Ek’ Ti’ K-k’ajlay” meyajta’an tumen Ayuntamiento ti’ Calkiní.- Campeche, 2008.

Waldemar Noh Tzec (Fuente: Enciclopedia de la literatura en México ELEM).

Le ka’a bino’on te múuchtáambal te’e K’alkini’o’ tu tsikbaltj teen bix síij jump’éel k’aaytuukuk u k’aabae: Kala’an ts’unu’un, le je’ela’ ku ya’alike’: “ tin wilja juntéenake’ juntúul chan ts’unu’un táan u k’olkuba’a ti’ jump’éel joolnaj beta’an yéetel néem, ba’ale’ chen ichil junsúutuk p’aat bey kala’an” ti bin taal le tuukul ti, le je’ela’ tu ye’esaj teen bix letie’ ku meyaj yéetel oochel, wáa yéetel ula’ak ba’al ku yúuchul ti’ kuxtal u tia’al u ts’íib. Ula’ak ba’ax tin tsikbaltaj yéetel tin kanaj yéetel, letie’ ku ya’alike’, ichil maaya t’aan wáa mina’am t’aano’ob ichil k’astlan je’el u béeytal u su’utul ich maaya, k’a’abéet u kaxta’al bixij, je’ex le ku ya’alal Pelota/
Boola, letie’ ku ya’alik unaj u ya’alal pok, le je’ela’ tumen letie’ juum ku beetik le boola le ken u síit’. Le Jka’ansaj Waldemar tu ts’aaj xan ya’ab xook u tia’al u kaansa’al u ts’íibta’al k’aaytuukul, wáa tsikbalo’ob ich maya t’aan. Ula’ak ba’ax in wojel u beetmaj le nojoch máaka’, letie’ táakpaja’an te’e ichil le ka’ansajo’ob ku xak’altiko’ob meyajo’ob ichil le FONCA. Tu ja’abil 2009 tin ka’a ilaj le jka’ansaj Waldemar tu noj lu’umi Guadalajara, le k’iino’ob je’elo’ ti’ yano’ob te kúuchil Auspicio Cabañas, yéetel Jka’ansaj Mario Molina (+) Oaxacail, bey xan Nicolás Huet Bautista, letie’ Ajts’íib tsotsil Chiapasil, táan meyajtik ts’iibo’ob ich maya t’aan, tsikbalo’ob bey xan K’aaytuukul, ti’ xan táakpaja’an le xAjts’íibo’ob Miqueas Sánchez Oaxacail, bey xan Marisol Ceh Moo. Te’elo’ ya’ab tsikbanajo’on yéetel le jka’ansaj ka’a tu ya’alaje’ ba’ax uts tu t’aan o xoikik, je’ex le pikil ju’uno’ob: La Oveja negra/ Augusto Monterroso, Fábulas/ Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa, Edmundo Valadez, El presidente/ Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda. Le u ts’ook ka’a tek ilikba’a, letie’ kaa beeta’ab jump’éel múuchtaambal ajts’ibo’ob tu ja’abil 2017, le je’ela’ beeta’an tumen le Centro Estatal ti’ Bellas Artes tu noj lu’umil jo’. Le k’iino’ob je’elo’ tu si’iajteen le nojoch máaka’ jump’éel k’aaytuukul u ts’íibmaj u k’aabae’: Baytaj jo’ol/ Adulaciones, yéetel le je’ela’ ku ts’o’okol le chan tsikbal, ba’ale’ kin tuklike’ jkansajo’ob je’ex Waldemar Noh Tzek, ku p’áatal ichil k tuukul, bey xan ichil k puk’si’ikal tumen letie’ juntúul máak jach k yaabiltmaj, yéetel xan ya’ab ba’ax tu p’ataj ti’ le maaya ts’íib bey xan ti’ me maya t’aan. Kin tsíbtikte’ex jun chan xóot ti’ u k’aaytuukul:

“ku xik’bal juntul dzunu’un ti’ a mojton, in ki’ich pam k’aax; u lak ich xux ek a uich, in saas bal kab; ka’lak’ jeek a nukuch im, in p’ochaja’an nal, jach tak in chi’ik u k’an chi’ abal a dzu’udz chi’, in che’el abal ti’ yax k’in; jach tak in t’inik u tab a t’et, in ma’ la’acha’an tabil pax…”

Tu kaajil Jo’ ti’ u k’iinil 19 ti’ u winalil Junio tu ja’abil 2020.

Ricardo Manuel Wan Moguel

Estudiante del doctorado en Historia de El Colegio de Michocan

E-mail: ricardowanmoguel@colmich.edu.mx

La Revolución Industrial trajo consigo una transformación económica y social, la cual comenzó en Inglaterra en los albores del siglo XIX y se extendió por todo el mundo. Los ferrocarriles fueron uno de los inventos más importantes de ese periodo. En 1825 se habilitó la primera línea ferroviaria de carga del mundo, la de Stockton-Darlington. Un lustro después se puso en marcha el servicio de pasajeros.

En México, el inicio de la construcción del primer camino de hierro fue en las primeras décadas del siglo XIX. Sin embargo, por diferentes motivos bélicos se puso en marcha hasta 1875. En esa fecha comenzaron los trabajos para construir una vía en Yucatán. Seis años después, en septiembre de 1881, se inauguró la línea de Mérida al puerto de Progreso. Al igual que en el resto del mundo, los ferrocarriles en el México porfiriano fueron vistos como un símbolo de progreso. No obstante, también fueron usados como un instrumento para “civilizar” pueblos y dominar tierras.

 

El ferrocarril para civilizar 

El ferrocarril unió comunidades y contribuyó al progreso económico, pero también fue utilizado como arma de guerra y como instrumento “civilizatorio”. En el mundo hay muchos ejemplos de ello; en Estados Unidos, el ferrocarril intercontinental representó la oportunidad para conquistar los territorios inexplorados del Oeste; en la Rusia zarista se construyó una línea que unía Moscú con Vladivostok, para explotar los recursos y tener el control de las extensas tierras siberianas; en Europa central, para volver productivas las tierras “ociosas”, mejorar las rutas comerciales y controlar a la población; y el imperio Austrohúngaro de la mano de Italia, invirtieron grandes cantidades de dinero para conquistar los Alpes. En México se planteó un proyecto para construir un ferrocarril hacia el oriente de la península de Yucatán. En el contexto de la Guerra de Castas, este medio de transporte serviría para controlar por completo la sublevación indígena que comenzó en 1847 y que el gobierno local no había podido sofocar. En los estatutos de la empresa creada para su construcción –la compañía de los ferrocarriles Sud-Orientales– se expresa: “un elemento poderoso que el Gobierno Supremo utilizará para la terminación de la Guerra de Castas y la total y definida ocupación del territorio sustraído a su obediencia acarreando su ejecución, la repoblación de aquella rica zona y la repartición en el mayor número posible de manos, de la propiedad territorial de Yucatán”.[1]

 

El ferrocarril y las tierras

Como en la cita anterior se expone, la repartición y la explotación de las tierras fueron los motivos fundamentales para construir líneas ferroviarias. En los contratos firmados entre las décadas de 1880 y 1890 se vislumbran los beneficios que obtenían las empresas constructoras de las líneas. Además de recibir la concesión para la explotación de la vía por noventa y nueve años, se les otorgaron subvenciones por kilómetros construidos, se les exentó de pagar impuestos para importar y trasladar materiales de construcción, se les entregó terrenos de propiedad nacional, obtuvieron la facultad de expropiar a particulares previa indemnización y también el derecho de explotar los depósitos minerales que se encontraran dentro del área del terreno concedido. En reiteradas ocasiones, las empresas trazaron las rutas de las líneas ferroviarias por regiones que les permitían adueñarse de las tierras y de algunos recursos estratégicos como el agua, el carbón y la madera.[2] En Yucatán, los puntos anteriores se aprecian desde el primer contrato realizado para construir un camino de hierro. Aunado al traslado de la aduana de Sisal a Progreso cuando se terminara la cuarta parte de la línea, el empresario Edwin Robinson recibiría lo siguiente: 1) la “tierra necesaria” para su construcción, 2) veinticinco solares de Progreso “de los que no están enajenados ni destinados para edificios públicos”, 3) y la exención de contribuciones establecidas por la federación y le condonarían el pago aduanal de los materiales que necesitaba.[3] A pesar de ello, la construcción de ese ferrocarril no se llevó a cabo.

En los años siguientes se entregaron otras concesiones con características similares a las recibidas por Robinson. Cabe señalar, que a diferencia de lo que en la historiografía local se ha escrito, los caminos de hierro no fueron construidos por los hacendados con recursos propios, la mayoría de ellos recibió grandes subvenciones estatales. Esto les permitió edificar diferentes líneas que atravesaron las principales tierras productoras del henequén, de las que ya eran propietarios.

Al respecto, John Coatsworth en su libro El impacto económico de los ferrocarriles en el porfiriato: crecimiento contra desarrollo, analizó la relación entre los caminos de hierro y la concentración de tierras en manos privadas. Planteó la hipótesis de que este medio de transporte contribuyó al acaparamiento de la propiedad de tierra durante el último cuarto del siglo XIX. Para corroborarla, analizó las leyes y los conflictos agrarios antes y durante el porfiriato, y se percató de que las disputas y los despojos de tierra fueron más constantes entre los empresarios y las comunidades en el México gobernado por Porfirio Díaz.[4] En otro de sus textos, plantea que en América Latina los ferrocarriles alteraron la oferta y la demanda de los productos agrícolas por la reducción de los costos de transporte. Además, la conexión entre mercados distantes y comunidades que en muchas ocasiones habían permanecido aisladas, hicieron que la propiedad privada se volviera más rentable y que la tierra fuera acaparada por los grandes empresarios. Por ello, se puede decir que los ferrocarriles beneficiaron principalmente a los concesionarios, en detrimento de las clases más bajas que luchaban por no ser despojadas de sus tierras, o recibir algún beneficio del emisario del progreso. Todo esto lo corroboró analizando cincuenta y cinco litigios por tierras, la mayor parte de ellos se dieron en un radio cercano a las vías férreas. Esto indica que existió un vínculo muy importante entre la construcción del ferrocarril y la usurpación de propiedades. Para ejemplificar lo anterior, Coatsworth enumera algunos conflictos ocurridos en distintas partes de la República. En el caso yucateco menciona las sublevaciones realizadas por indígenas que se oponían a la construcción de un tramo del Ferrocarril Peninsular y los ocurridos en otros municipios, principalmente Maxcanú y Peto.[5]

(Imagen 1). Anteproyecto línea Peto- Carrillo Puerto (Fuente: Archivo General del Estado de Yucatán).

He podido corroborar en los litigios que he encontrado en el Archivo General del Estado (AGEY) que en la segunda mitad del siglo XX se presentaron situaciones similares durante la construcción del Ferrocarril del Sureste (1934-1977). Estos documentos son una mirilla para conocer las disputas que se generaron entre las autoridades federales o estatales y los dueños de diversas tierras, principalmente en Chiapas, Campeche y Yucatán.[6] Pero ese es otro tema que vale la pena analizar detalladamente en el próximo texto.

BIBLIOGRAFÍA

  • Coatsworth John “Railroads, Landholding, and Agrarian Protest in the Early Porfiriato”. Hispanic-American Historical Review, 1974, No. 54, pp. 48-71.
  • Coatsworth John, El impacto económico de los ferrocarriles en el porfiriato: crecimiento contra desarrollo, México: Era, 1984.
  • Irabien Rosado Manuel, Historia de los ferrocarriles de Yucatán, Mérida: Talleres Gráficos Bassó, 1928.
  • Medina García Miguel Ángel, Cambios sociales y rearticulación espacial. El ferrocarril en Jalisco durante el porfiriato, Zapopan: El Colegio de Jalisco, 2014, p. 127.
  • Wan Moguel Ricardo Manuel, “El ferrocarril del Sureste: Antecedentes, construcción e infraestructura de la línea (1934-1977), Mirada Ferroviaria, 2020, No. 38, pp. 5-14.

Cómo citar este texto: Ricardo Wan Moguel, “El ferrocarril como instrumento de conquista y dominio”, Maya K’ajlay, 21 de junio de 2020, (https://www.kajlay.org/el-ferrocarril-como-instrumento-de-conquista-y-dominio/).

[1] Este texto es una versión simplificada de un artículo que publiqué en el Por Esto el 28 de noviembre de 2018.

[2] Miguel Ángel Medina García, Cambios sociales y rearticulación espacial. El ferrocarril en Jalisco durante el porfiriato, El Colegio de Jalisco, 2014, p. 127.

[3]  Manuel Irabien Rosado, Historia de los ferrocarriles de Yucatán, Mérida, Talleres Gráficos Bassó, 1928, p. 4

[4] John Coatsworth, El impacto económico de los ferrocarriles en el porfiriato: crecimiento contra desarrollo, Era, 1984.

[5] Coatsworth John “Railroads, Landholding, and Agrarian Protest in the Early Porfiriato”. Hispanic-American Historical Review, 1974, No. 54, pp. 48-71.

[6] Ricardo Manuel Wan Moguel “El ferrocarril del Sureste: Antecedentes, construcción e infraestructura de la línea (1934-1977), Mirada Ferroviaria, 2020, no. 38, pp. 5-14.

Los chilames, miembros de la clase sacerdotal, fueron durante el Posclasico tardío parte fundamental de la sociedad maya. Encargados de guardar y reproducir el conocimiento en los textos sagrados mayas fueron también durante las primeras décadas del dominio colonial quienes encabezaron movimientos de resistencia en contra de las huestes españolas y sus aliados indígenas. 

El Diccionario Calepino de Motul, compilado por fray Antonio de Ciudad Real a finales del siglo XVI o principios del XVII, asienta en una de sus entradas que la palabra “chiilan” significaba intérprete, una traducción bastante precisa de la labor que estos personajes desempeñaron en la sociedad maya del Posclásico tardío Los chilames pertenecían a las esferas más elevadas de la estructura social maya; su prestigio, como el del resto de los sacerdotes de entonces, estaba dado no tanto por el dominio de las fuerzas naturales como por el conocimiento esotérico. A este conocimiento accedían mediante una prolongada preparación en dónde aprendían a escribir y leer los libros mayas en donde se resguardaba y transmitía el conocimiento religioso de más de un milenio de continuidad. Como otros integrantes de la clase sacerdotal, los chilames eran capaces de entender varios idiomas, entre ellos el maya clásico – un idioma de filiación cholana –, maya yucateco e incluso náhuatl, además de estar formados en el cálculo e interpretación de los ciclos calendáricos y el movimiento de los astros. Debido a que los libros jeroglíficos eran los vehículos a partir de los cuales se registraba y transmitía el conocimiento religioso, los chilames también se preocuparon por guardar, copiar, y escribir nuevos libros.

Estos interpretes tenían un papel fundamental en los rituales que organizaban la vida de las ciudades y los pueblos mayas. El chilam, de acuerdo al día y mes en que hubieran nacido, imponía el nombre a niñas y niños consultando el calendario de 260 días. También, cada veinte años, consultando los detallados registros históricos escritos por generaciones de sacerdotes, vaticinaban cómo podría ser el nuevo katun que comenzaba.

Foja del Chilam Balam de Ixil (Fuente: INAH).

Su labor religiosa se vio interrumpida con el establecimiento del régimen colonial y la instauración del catolicismo. La religión maya fue prohibida y los religiosos europeos trabajaron activamente para erradicarla a través de la destrucción de la escritura y la literatura religiosa tradicional. No fue extraño entonces que los chilames, viendo sus creencias y posición amenazada, fueran uno de los principales actores en las primeras resistencias y rebeliones en contra de los colonizadores españoles. En 1545 Chilam Abnal lideró la rebelión que involucró a las antiguas jurisdicciones del oeste de la Península desde Chauac-há hasta Chactemal para expulsar a los españoles; probablemente fue él quien eligió el día del levantamiento coordinado en toda la región. Veinte años después de estos eventos otro chilam de apellido Couoh, encabezó una nueva rebelión en el área cercana a la villa de Bacalar cuyo objetivo también era expulsar a los colonizadores.

 

A pesar de que una cantidad incalculable de libros y textos escritos en jeroglíficos mayas fueron destruidos por las autoridades coloniales parte de este antiguo conocimiento se salvó cuando los herederos de los chilames y ahkines, convertidos en escríbanos de las recién fundadas repúblicas de indios, copiaron esos textos en alfabeto latino. Los que conocemos hoy como Libros del Chilam Balam, a la usanza de la larga tradición escrituraria maya, fueron elaboraciones originales de la época colonial cuyos escribas incorporaron parte del conocimiento europeo (el calendario y el zodiaco). Aunque la escritura y los libros jeroglíficos fueron destruidos, los herederos de los chilames lograron adaptar el conocimiento milenario maya y plasmarlo en diferentes obras que sobrevivieron hasta nuestros días.

 

REFERENCIAS

  • Coronado, Marta Ilia Nájera. «Rituales y hombres religiosos». En Religión maya, vol. 2. Trotta, 2002: 115-38.
  • Garza, Mercedes de la. Literatura maya. Biblioteca Ayacucho, 1980.
  • Lacadena-García Gallo, Alfonso. «Religión y escritura». En Religión maya, vol. 2. Trotta, 2002: 171-194.
  • Real, Antonio de Ciudad, y René Acuña. Calepino maya de Motul. Plaza y Valdes, 2001.

En este mapa les mostramos la ubicación de los pueblos en donde se compilaron libros del Chilam Balam. De varios de estos libros solo hay referencias y no se conoce su ubicación actual. Seguimos el listado de libros elaborado por Alfredo Barrera Vázquez y Silvia Rendón en El libro de los libros de Chilam Balam y el que proporciona Mercedes de la Garza en Literatura maya. Para mapear un par de localidades seguimos las notas de David Bolles publicadas en las ediciones facsimilares de los Chilames que se encuentran en su página web.

El mapa esta orientado hacia el este, punto cardinal de referencia –al igual que el oeste– de mapas elaborados por varios pueblos mesoamericanos durante la época colonial.
NOTA: No pudimos ubicar la localidad de Nabulá, lugar en donde habría sido compilado uno de estos libros.
REFERENCIAS
  • «Books by David Bolles». Accedido 1 de junio de 2020.

    http://alejandrasbooks.org/

  • Garza, Mercedes de la. Literatura maya. Biblioteca Ayacucho, 1980.
  • Hidalgo, Alex. Trail of Footprints: A History of Indigenous Maps from Viceregal Mexico. University of Texas Press, 2019.
  • Vásquez, Alfredo Barrera, y Silvia Rendón. El libro de los libros de Chilam Balam. Fondo de Cultura Económica, 1972.

Para Alfredo y Gregorio, aj kanu’ulo’ob contemporáneos

Chilam Couoh fue un intérprete maya que a mediados del siglo XVI encabezó una rebelión en la que alguna vez fue la provincia de Chactemal. Entre otras cosas, reunió los códices jeroglíficos de la zona y creó una biblioteca para resguardarlos del fuego colonial.

Una de las primeras acciones de los frailes españoles para impulsar la conversión religiosa de los mayas al catolicismo fue formar maestros y mozos de escuela que pudieran colaborar con las tareas de la evangelización cristiana. Esta labor comenzó casi desde que los religiosos pusieron un pie en el Mayab y se implementó con mayor energía después de 1542, aunque las iglesias de los pueblos reducidos no se habían terminado de construir los franciscanos ya iban a las casas de los mayas principales para enseñarles la doctrina cristiana a sus hijos. Fue con los franciscanos establecidos en el noroeste de la Península con quienes Chilam Couoh, de quién desconocemos su origen, aprendió a leer y escribir con el alfabeto latino.

En la imágen se puede ver la representación más antigua de un chilam (deletreado chi-ji la-ma) en una corte real del clásico maya. Corresponde a la vasija K1728.

En la época prehispánica y durante parte de la época colonial los sacerdotes, profeta e intérpretes mayas eran sumamente respetados por el resto de la población: eran el vínculo con lo sagrado, vaticinaban los augurios, conocían las historias más antiguas y eran capaces de escribir y leer los caracteres de uno de los sistemas de escritura más complejos de Mesoamérica. Tomás López llegó a asegurar en una Relación en 1612 que estos sacerdotes eran considerados “la gente más religiosa, sabia y educada” de la región. El fraile Antonio de Ciudad Real escribió que los mayas de Yucatán eran reconocidos en toda la Nueva España por tres cosas, entre ellas que podían escribir sus “historias” y “ceremonias” con “caracteres” y “letras”. Escribir, leer e interpretar los libros mayas eran tarea casi exclusiva de chilames y ajk’ines, cargos que pasaban de una generación a otra cuando los padres enseñaban a sus hijos desde que eran niños.

A pesar de recibir la educación cristiana impartida por los religiosos, cuando los mayas regresaban a sus pueblos los caciques y principales les exigían que continuaran participando en los ritos y ceremonias de la religión maya tradicional. Al ser parte fundamental de estas actividades es entendible que buscaran preservar los códices jeroglíficos y todos los conocimientos allí escritos, bien de manera física o transcribiéndolos con el alfabeto latino.

Los códices mayas fueron objeto de persecución de las autoridades coloniales poco tiempo después de que los españoles se asentaran en el noroeste de la Península, a mediados del siglo XVI. El Auto de Fe de Maní de 1562, en donde fray Diego de Landa ordenó destruir códices y estatuillas de las deidades mayas, fue sólo el inicio de una persecución implacable para acabar con los libros jeroglíficos, vistos con recelo y hostilidad por los frailes ya que en ellos se resguardaban los detalles de la religión tradicional indígena. Es así como a finales de 1567, Chilam Couoh renunciando a la formación que recibió con los franciscanos, comenzó a reunir códices mayas jeroglíficos y conformó una biblioteca. La existencia de estos repositorios no era extraña en la región. Mayapán, la última gran capital maya de las Tierras Bajas del Norte, llegó a convertirse en un lugar en donde se producían y distribuían códices que eran usados por los sacerdotes de otras ciudades. En Tixhualahtún, cerca de Saki’ (Valladolid), existía un lugar donde se resguardaban libros jeroglíficos “como en España es el [archivo] de Simancas” según el cronista franciscano Diego López de Cogolludo.

La labor de Chilam Couoh fortaleció la resistencia que los mayas de Chactemal habían plantado a los invasores hispanos desde su llegada a la zona, la cuál había sufrido la brutal violencia de la guerra de conquista durante la incursión de Melchor Pacheco y sus huestes apenas dos décadas antes, una incursión caracterizada por el cruel asesinato de mujeres, niños y ancianos para reducir a los mayas de la provincia a la servidumbre. El chilam y sus seguidores, la mayoría de ellos mayas que habían renunciado al cristianismo comenzaron a asaltar los pueblos de los alrededores de la villa de españoles de Bacalar. Usando los conocimientos adquiridos con los frailes, Chilam Couoh escribió diferentes cartas a otros jefes mayas para que también se alzaran en armas. Esto provocó que las autoridades coloniales organizaran una expedición militar en 1568. Casi un año después de recorrer los montes del sureste del Mayab plagados de lagunas y riachuelos, la expedición se encontró con un templo en dónde se resguardaban muchos de los códices que habían sido reunidos por Couoh y donde también se encontraban diferentes estatuillas. A la manera como unos años antes había hecho Diego de Landa, los expedicionarios españoles destruyeron las figurillas y quemaron los códices jeroglíficos en una gran hoguera. El chilam fue capturado por la expedición militar tres días después de este acto y aunque intentaron hacer que regresara de nuevo a la fe católica Couoh se mantuvo en la creencia que la escritura jeroglífica y la religión tradicional maya eran superiores a la escritura latina y a la religión cristiana.

Bajo el resguardo de las huestes hispanas el chilam fue enviado a Jo’ (Mérida) para ser enjuiciado por el entonces obispo de Yucatán, fray Francisco de Toral. No sabemos el destino que el intérprete tuvo posteriormente, pero sus acciones para proteger el legado milenario de los mayas resuenan hasta nuestros días. 

REFERENCIAS

  • Ciudad Ruiz, Andrés y Lacadena, Alfonso. “El Códice Tro-cortesiano de Madrid en el contexto de la tradición escrita maya” en Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala¸1998 (editado por J. P. Laporte y H. L. Escobedo), Guatemala: MNAE, 1999.
  • Cunill, Caroline, “La alfabetización de los mayas yucatecos y sus consecuencias sociales, 1545-1580”, Estudios de Cultura Maya 31 (2008).
  • Chuchiak, John F. “Writing as resistance: maya graphic pluralism and indigenous elite strategies for survival in Colonial Yucatan, 1550-1750”, Etnohistory 57:1 (2010).