El territorio itzá tras la caída de Nohpetén. Epidemias, explotación y resistencia

El territorio itzá tras la caída de Nohpetén. Epidemias, explotación y resistencia

La ocupación militar en 1694 de Nohpetén, capital de los itzaes, marcó el final de la última entidad political maya independiente. La ocupación trajo consigo consecuencias que apenas se suelen abordar y que caracterizaron la historia del proceso de colonización: catástrofes demográfica, la imposición de sistemas forzados de trabajo y la resistencia de los mayas.

Antes de la ocupación las estimaciones modernas sitúan la población de los alrededores de la laguna de Peten Itzá entre 25,000 y 40,000 personas. Las enfermedades como el tifus, la explotación a través del trabajo forzado y las permanentes incursiones para capturar a aquellas personas que huían del régimen colonial provocaron un rápido descenso demográfico que redujo a la mitad a la población en pocos años. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII apenas vivían en torno al presidio del Petén entre 1,400 y 1,800 personas.

Uno de los cambios más profundos en términos territoriales fue la política de reducciones que ya había sido implementada en el norte de Yucatán. Obligaron a los itzaes, quienes vivían de forma dispersa, a concentrarse en pueblos con el modelo hispano. Para garantizar la reducción la Corona española otorgó privilegios limitados a los caciques. Esto le dio acceso también a movilizar el trabajo de los mayas que vivían en este nuevo modelo de pueblos. La gente del común fue así obligada a trabajar de manera forzosa: los hombres en la pesada tarea de construcción de edificios públicos (que también incluía las iglesias) y las mujeres en el trabajo doméstico de las casas españolas hilando, tejiendo y tiñendo telas en un régimen de encierro.

Al ser un presidio fronterizo era común que los comandantes militares ejercieran un poder despótico y que pareciera ser ilimitado sobre los macehuales indígenas. El cabo José de Aguilar Galeano fue señalado por realizar ejecuciones sumarias y públicas de líderes itzaes sin ningún juicio previo, ordenar azotes y otros castigos corporales y reasentar de forma obligatoria a los itzaes que vivían en rancherías lo que generaba cientos de defunciones por el cambio abrupto de clima.

En un entorno de violencia extrema el alzamiento armado fue visto como algo demasiado peligroso para los itzaes descontentos así que la forma más eficaz de resistencia fue la huida para internarse aún más entre la vegetación selvática que aún caracteriza a esta región. Fue así que la montaña del Petén, en sus partes más recónditas, continuó siendo el refugio de los que no aceptaban la dominación colonial española.

Redacción K'ajlay

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