Ricardo Manuel Wan Moguel

El Colegio de Michoacán

ricardowanmoguel@colmich.edu.mx

 

En un artículo anterior brindé un panorama general del ferrocarril como instrumento de conquista y dominio. Como ya se expuso, según algunos autores como John Coatsworth, las concesiones otorgadas por el gobierno federal y estatal para la construcción de vías férreas favoreció a los grandes propietarios en detrimento de la gente pobre que recibió poco o nada del “progreso” porfiriano. Además, como sostiene Luz Carregha los trazos de las líneas se hacían pensando en la posibilidad de acceder a diversos recursos naturales y terrenos para la instalación de la infraestructura del ferrocarril.[1] La especulación con las tierras se realizó tanto por las empresas ferroviarias como por particulares, quienes buscaban obtener ganancias a costa de personas con pequeñas propiedades. En esta tesitura, en las siguientes líneas se presentan dos ejemplos para vislumbrar lo anterior. Cabe señalar, sin embargo, que este tema se tiene que analizar con más cautela y profundidad para poder entender la dinámica entre los dueños de las concesiones y la gente común que en muchas ocasiones fue perjudicada por la construcción de los caminos de hierro.

 

La ciudad y la nueva estación

Las primeras estaciones del ferrocarril en Yucatán se encontraban en distintos puntos dentro de la ciudad de Mérida entre ellos: La Mejorada, San Cristóbal, los portales de la pescadería y los terrenos que actualmente ocupan la central de autobuses.[2] No obstante, a finales del siglo XIX y en los albores del XX se planteó un proyecto para agrupar en un solo espacio los cuatro edificios construidos hasta ese momento y así mejorar la logística ferroviaria del Estado. Según un reporte realizado en junio de 1918 por las autoridades de Ferrocarriles Unidos de Yucatán (FUY), solamente en el segundo semestre de 1917 se invirtieron alrededor de $55, 000 y se necesitaban otros $200,000 para terminar el nuevo inmueble. En ese mismo documento se precisa que los directivos de la empresa ferroviaria tenían que llegar a un acuerdo con la Comisión Reguladora del Mercado del Henequén para que le cediera algunos terrenos cercanos al edificio en construcción, ya que era importante para las maniobras de los trenes. A cambio de ello, FUY le otorgaría “facilidades” para instalar sus almacenes cerca de las líneas ferroviarias. Cabe señalar, sin embargo, que la Comisión ya contaba con algunos terrenos cerca de las nuevas instalaciones, al respecto, las mismas autoridades decían:

Es sensible que, por la ubicación de nuestra Central, haya tenido que molestar la Comisión Reguladora, a un gran número de personas pobres o de pequeños recursos que tenían sus propiedades en esas manzanas a fin de adquirirlas; y aun cuando se les indemnizó tan ampliamente como han podido según sabemos, quedando ampliamente pagados el valor de sus pequeñas propiedades, positivamente hubiera sido mucho mejor que no se hubiera tenido que causarles esa molestia… [3]

 

Según se puede entender a través de la cita anterior, la Comisión compró terrenos con antelación en los alrededores de lo que sería la estación para obtener ventajas al momento de comerciar con sus productos. A pesar de que la fuente dice que los pequeños propietarios recibieron una indemnización, sería importante realizar una investigación profunda con respecto al tema para determinar si esto sucedió o no. A juzgar por lo planteado en las primeras líneas de este texto, los beneficios para los pequeños propietarios eran escasos y los grandes empresarios o compañías recibían los mejores dividendos. Incluso, los mismos hacendados se vieron afectados con el tendido de vías, como se explica en el siguiente ejemplo.

 

La negociación entre los Trava Rendón y los directivos de FUY

Durante el porfiriato los hacendados recibieron concesiones por parte de las autoridades ferroviarias y del gobierno estatal para construir tranvías que conectaran sus haciendas con las vías principales del ferrocarril. Los documentos que se emitían para su construcción aportan datos importantes para comprender los problemas que surgían entre los interesados. Uno de esos inconvenientes fue el de José, Víctor y Gabriel Trava Rendón, dueños de la hacienda San Pedro Chacabal. En 1913, las autoridades de FUY les pidieron ratificar una concesión que se les otorgó para construir un tranvía que partía desde su hacienda hasta el kilómetro 57 de la línea a Valladolid. Los hacendados enviaron la documentación solicitada, pero expresaron:

…aprovechándose la oportunidad de esta escritura que debe otorgarse, pedimos se defina de una vez el punto relativo al derecho de vía que la empresa de ferrocarriles ha venido ejercitando en los terrenos comprendidos en el repetido kilómetro 57 a inmediatos a él y pertenecientes á nuestra finca San Pedro Chacabal, terrenos ocupados en una larga extensión y respecto de la ocupación de los cuales la Empresa de los Ferrocarriles carece de título legal.[4]

 

A pesar de que las leyes federales y estatales amparaban a los concesionarios, pues prácticamente les daba el derecho de expropiar o comprar terrenos para cimentar los ferrocarriles, los directivos de la empresa no acordaron con anticipación el uso de las tierras, de los Trava Rendón y parte de las vías férreas se tendieron en sus propiedades. Por ello, los hacendados pidieron que la empresa les hiciera un contrato para que tanto ellos como sus trabajadores pudieran usar los trenes de la división y a cambio, darían el derecho de vía. Los Trava Rendón pidieron realizar un contrato “innominado”, es decir, algo que no estaba estipulado por la ley y que dependía de que las dos partes estuvieran de acuerdo.[5] Si bien estoy consciente de que cada litigio por tierras tiene sus particularidades, situaciones similares se pudieron presentar en otras regiones de la península, sobre todo con los pequeños propietarios. Gilbert Joseph y Allen Wells, por ejemplo, señalan que entre 1880 y 1910, los poblados mayas frustraron en varias ocasiones los intentos de las autoridades yucatecas de limitar, confiscar, censar y parcelar sus ejidos tradicionales en beneficio de los grandes capitalistas, los especuladores inmobiliarios y las compañías ferroviarias.[6] Un estudio como el que realizó Coatsworth para el centro de México, en el que detectó a través de los litigios por tierras que la mayoría de ellos se dieron en un radio cercano a las vías férreas, ayudaría a vislumbrar los problemas que se presentaron en torno a los conflictos territoriales durante el periodo de auge de los caminos de hierro en la península de Yucatán.

 

 

Fuentes:

Archivo General del Estado de Yucatán

Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán

 

Bibliografía:

CARREGHA Lamadrid, Luz. “¡Ahí viene el tren! Construcción de los ferrocarriles en San Luis Potosí durante el porfiriato”, El Centauro, 2014

ROSADO Irabien, Manuel. Historia del ferrocarril en Yucatán. Mérida: Talleres Gráficos Bassó, 1928.

WELLS Allen y Gilbert M. Joseph. Verano de descontento, épocas de trastornos. Élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876-1915. Mérida: Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2011.

[1] Luz Carregha Lamadrid, ¡Ahí viene el tren! Construcción de los ferrocarriles en San Luis Potosí durante el porfiriato, El Centauro, 2014, p. 134

[2] Manuel Irabien Rosado, Historia del ferrocarril en Yucatán. Mérida: Talleres Gráficos Bassó, 1928, pp. 3-20

[3] Archivo General del Estado de Yucatán en adelante, (AGEY), Fondo: Archivo Histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán: Sección: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Asamblea General, Su serie: Actas de Consejo, Expediente 18, Caja: 4.

[4] AGEY, Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán, Sub fondo: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Consejo de administración, subserie: Consejo de administración, Caja: 182, Exp.542.

[5] AGEY, Fondo: Archivo histórico del Museo de los Ferrocarriles de Yucatán, Sub fondo: Ferrocarriles Unidos de Yucatán, Serie: Consejo de administración, Sub serie: correspondencia, Caja 182, Exp. 572.

[6] Allen Wells y Gilbert M. Joseph, verano de descontento, épocas de trastornos. Élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876-1915, Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2011, p. 340.

Para Alfredo y Gregorio, aj kanu’ulo’ob contemporáneos

Chilam Couoh fue un intérprete maya que a mediados del siglo XVI encabezó una rebelión en la que alguna vez fue la provincia de Chactemal. Entre otras cosas, reunió los códices jeroglíficos de la zona y creó una biblioteca para resguardarlos del fuego colonial.

Una de las primeras acciones de los frailes españoles para impulsar la conversión religiosa de los mayas al catolicismo fue formar maestros y mozos de escuela que pudieran colaborar con las tareas de la evangelización cristiana. Esta labor comenzó casi desde que los religiosos pusieron un pie en el Mayab y se implementó con mayor energía después de 1542, aunque las iglesias de los pueblos reducidos no se habían terminado de construir los franciscanos ya iban a las casas de los mayas principales para enseñarles la doctrina cristiana a sus hijos. Fue con los franciscanos establecidos en el noroeste de la Península con quienes Chilam Couoh, de quién desconocemos su origen, aprendió a leer y escribir con el alfabeto latino.

En la imágen se puede ver la representación más antigua de un chilam (deletreado chi-ji la-ma) en una corte real del clásico maya. Corresponde a la vasija K1728.

En la época prehispánica y durante parte de la época colonial los sacerdotes, profeta e intérpretes mayas eran sumamente respetados por el resto de la población: eran el vínculo con lo sagrado, vaticinaban los augurios, conocían las historias más antiguas y eran capaces de escribir y leer los caracteres de uno de los sistemas de escritura más complejos de Mesoamérica. Tomás López llegó a asegurar en una Relación en 1612 que estos sacerdotes eran considerados “la gente más religiosa, sabia y educada” de la región. El fraile Antonio de Ciudad Real escribió que los mayas de Yucatán eran reconocidos en toda la Nueva España por tres cosas, entre ellas que podían escribir sus “historias” y “ceremonias” con “caracteres” y “letras”. Escribir, leer e interpretar los libros mayas eran tarea casi exclusiva de chilames y ajk’ines, cargos que pasaban de una generación a otra cuando los padres enseñaban a sus hijos desde que eran niños.

A pesar de recibir la educación cristiana impartida por los religiosos, cuando los mayas regresaban a sus pueblos los caciques y principales les exigían que continuaran participando en los ritos y ceremonias de la religión maya tradicional. Al ser parte fundamental de estas actividades es entendible que buscaran preservar los códices jeroglíficos y todos los conocimientos allí escritos, bien de manera física o transcribiéndolos con el alfabeto latino.

Los códices mayas fueron objeto de persecución de las autoridades coloniales poco tiempo después de que los españoles se asentaran en el noroeste de la Península, a mediados del siglo XVI. El Auto de Fe de Maní de 1562, en donde fray Diego de Landa ordenó destruir códices y estatuillas de las deidades mayas, fue sólo el inicio de una persecución implacable para acabar con los libros jeroglíficos, vistos con recelo y hostilidad por los frailes ya que en ellos se resguardaban los detalles de la religión tradicional indígena. Es así como a finales de 1567, Chilam Couoh renunciando a la formación que recibió con los franciscanos, comenzó a reunir códices mayas jeroglíficos y conformó una biblioteca. La existencia de estos repositorios no era extraña en la región. Mayapán, la última gran capital maya de las Tierras Bajas del Norte, llegó a convertirse en un lugar en donde se producían y distribuían códices que eran usados por los sacerdotes de otras ciudades. En Tixhualahtún, cerca de Saki’ (Valladolid), existía un lugar donde se resguardaban libros jeroglíficos “como en España es el [archivo] de Simancas” según el cronista franciscano Diego López de Cogolludo.

La labor de Chilam Couoh fortaleció la resistencia que los mayas de Chactemal habían plantado a los invasores hispanos desde su llegada a la zona, la cuál había sufrido la brutal violencia de la guerra de conquista durante la incursión de Melchor Pacheco y sus huestes apenas dos décadas antes, una incursión caracterizada por el cruel asesinato de mujeres, niños y ancianos para reducir a los mayas de la provincia a la servidumbre. El chilam y sus seguidores, la mayoría de ellos mayas que habían renunciado al cristianismo comenzaron a asaltar los pueblos de los alrededores de la villa de españoles de Bacalar. Usando los conocimientos adquiridos con los frailes, Chilam Couoh escribió diferentes cartas a otros jefes mayas para que también se alzaran en armas. Esto provocó que las autoridades coloniales organizaran una expedición militar en 1568. Casi un año después de recorrer los montes del sureste del Mayab plagados de lagunas y riachuelos, la expedición se encontró con un templo en dónde se resguardaban muchos de los códices que habían sido reunidos por Couoh y donde también se encontraban diferentes estatuillas. A la manera como unos años antes había hecho Diego de Landa, los expedicionarios españoles destruyeron las figurillas y quemaron los códices jeroglíficos en una gran hoguera. El chilam fue capturado por la expedición militar tres días después de este acto y aunque intentaron hacer que regresara de nuevo a la fe católica Couoh se mantuvo en la creencia que la escritura jeroglífica y la religión tradicional maya eran superiores a la escritura latina y a la religión cristiana.

Bajo el resguardo de las huestes hispanas el chilam fue enviado a Jo’ (Mérida) para ser enjuiciado por el entonces obispo de Yucatán, fray Francisco de Toral. No sabemos el destino que el intérprete tuvo posteriormente, pero sus acciones para proteger el legado milenario de los mayas resuenan hasta nuestros días. 

REFERENCIAS

  • Ciudad Ruiz, Andrés y Lacadena, Alfonso. “El Códice Tro-cortesiano de Madrid en el contexto de la tradición escrita maya” en Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala¸1998 (editado por J. P. Laporte y H. L. Escobedo), Guatemala: MNAE, 1999.
  • Cunill, Caroline, “La alfabetización de los mayas yucatecos y sus consecuencias sociales, 1545-1580”, Estudios de Cultura Maya 31 (2008).
  • Chuchiak, John F. “Writing as resistance: maya graphic pluralism and indigenous elite strategies for survival in Colonial Yucatan, 1550-1750”, Etnohistory 57:1 (2010).